Cada día los astros se alinean y van describiendo su propia trayectoria. Y hacen que se crucen en tu camino esas personas que nunca desaparecen de tu vida.
Hace unos catorce años se alinearon a mi favor, y nos conocimos.
Yo no tenía ni seis años… y ella tenía ya veinticinco.
Diecinueve años de diferencia
Ella, la experiencia de la vida dilatada… yo, aprendiendo a respirar el sentido de vivir.
Mil imágenes de mi infancia y de mi juventud tienen grabado su nombre.
Mil millones de instantes…
Raro era el día de la semana que sonaba el timbre a las dos de la tarde y yo no salía corriendo para verla, darle un beso e irme con mi abuelo a comer.
Uno, dos, tres… jamás me aprendí nada a la primera… pero es que ese “Carmen se va contigo, repasa con ella esto” esa voz penetrante, me daba vida.
Ese dinero ahorrado con la ayuda de mi madre para comprarle un regalo de su lista de boda, unos vasos… Para nada porque a ella no te hacen falta vasos, se bebes la vida de un sorbo.
Su afán, sus ganas y su lucha por conseguir aquello que quería… no se merecían unas lágrimas que rompieran aquella sonrisa con la que apareció un día por la puerta del gimnasio. Una ilusión que se truncó posiblemente antes de tiempo. Lloré igual que lloró ella.
Cuando yo terminé el Colegio, todo un mundo por descubrir.
Ella ya había recorrido mundo y empezó una nueva vida. Orgullosa como la que más de verla sentada en esos silloncitos rojos con ese letrero lleno de arte “abailá”.
Cuando yo estrenaba un candao para amarrar la bici.
Ella estrenaba un Smart amarillo y negro, para desafiar a la mala suerte.
Cuando me aterraba dar un salto, quitarme un peso de encima y gritar.
Ella me escuchó, porque muchas veces solo hace falta dejar de oír para escuchar. Y me dijo “adelante, si yo he podido, tú puedes”.
Lo mismo ha hecho de madre, que de hermana mayor, que de prima juerguista, de amiga que comete locuras…
Son esas imágenes que siempre permanecerán en mi retina.
Y son esas, sus palabras, las justas y las necesarias…. las que han estado ahí cuando han tenido que estarlo.
Los años pasa, la vida pasa… pero todo queda.
He vivido muchas cosas a su lado,
Me enseñó a sentir, a palpar y a refugiarme en una melodía o en un taconeo.
Me enseñó a disfrutar el bailar al compás y el ir a contratiempo con el mundo.
Me enseñó a quitarle importancia a las cosas que realmente no merecen la pena.
Me enseñó a vivir por lo que realmente merece la pena vivir, la felicidad.
Me enseñó a plantarle cara a las cosas que vienen de frente.
Me enseñó que una retirada a tiempo, es de sabia.
Me enseñó que la vida merece la pena vivirla por y para una misma.
Me ha enseñado que la amistad no es verse todos los días, si no estar ahí en esos momentos.
Su vida, suya, solo suya… y hace de su día a día un desafío.
Jamás deja de luchar por sus sueños… nunca los deja escapar.
Mil veces le conté mi vida… mil veces me dio consejo.
El día que el destino nos unió, el cosmos entró en una singular armonía.